Dos modelos, dos regiones: una sola Latinoamérica

On noviembre 28, 2015 by UIDGSM

latinoame1Un fantasma acecha a la región latinoamericana…y es la integración. En este artículo nos proponemos vislumbrar los rasgos comunes más salientes de la autodenominada “Patria Grande”. Como toda teorización y comparación, nos serviremos de recursos analíticos y simplificaciones con el objetivo de hacer más viable la comprensión de los procesos que hicieron posible la emergencia de gobiernos “post neoliberales”.
Se trazará brevemente la historia de la región para entender por qué es que surgen y concluiremos con unas breves líneas de cara al ballotage que se aproxima.

Reformas estructurales en los ‘90

Primero, ¿qué es el neoliberalismo y cómo fue su articulación en la región? Para entenderlo echaremos mano de la conceptualización en el trabajo de Juan Carlos Torre “El proceso político de las reformas económicas en América Latina” de 1998, quien afirma que desde finales de los años ‘80 “los cambios exógenos –sea por la vía de la alteración de los precios relativos, sea por la vía del estrangulamiento financiero- precipitan una mutación en las reglas de juego y en la organización de sus economías”. En un primer momento (1982-1984), se aplicaron medidas de coyuntura, cortoplacistas, ortodoxas cuyo fin era revertir una crisis de liquidez. En 1985, economistas heterodoxos plantearon la alternativa de “una estabilización de shock que, además de fuertes medidas para lograr un equilibrio fiscal y monetario, apelara a otros dos instrumentos: una política de ingresos (…) y una reforma monetaria” para combatir la inflación. Sin poder lograr resultados satisfactorios por ninguna de las dos opciones, “este vacío conceptual fue llenado por las tesis neoliberales” (Op. Cit.).

En este sentido los países de la región, a comienzos de los ‘90s optaron por achicar la estructura del Estado (a esto también se lo llamó “austeridad fiscal”), ampliar el papel del mercado, poner topes salariales, privatizar empresas y servicios públicos, acudir a la financiación internacional y generar políticas públicas de redistribución focalizadas para poder reducir la inflación y el déficit fiscal. Al interior del discurso propio del neoliberalismo “el ajuste estructural se ‘objetiviza’ y se torna, por lo tanto, necesario y previsible” (Op. Cit.). ¿Suena un tanto actual?

Lo interesante del análisis del autor es que abre una dimensión político-discursiva y simbólica más que importante y decide considerar los factores contextuales internos. Aquellos en los que profundiza son de “carácter político y tienen que ver con la influencia que ejercen las ideas, las fuerzas socio-políticas y las instituciones en la decisión e implementación de las políticas públicas para responder a la crisis.” (Op. Cit.) ¿Qué significó esto? La aparición en la agenda pública de las reformas estructurales, el intento de las élites gubernamentales de mantener la gobernabilidad y estabilidad del régimen, tanto económico como social, bajo el Consenso de Washington. Es vital lo que marca Torre en su trabajo respecto de las exigencias que plantearon el FMI y el Banco Mundial a la hora de brindar financiación: “La condicionalidad asociada a los préstamos de ajuste estructural se convirtió en la correa de transmisión del paradigma neoliberal de desarrollo”.

Dos regiones claras

Ahora, luego de trazar los lineamientos de estas reformas y su puesta en práctica en Latinoamérica (primero con un Pinochet pionero en Chile, Menem en Argentina y Paz Estenssoro en Bolivia), profundizaremos sobre los efectos que causaron.

Para esto preferiríamos basarnos en una distinción que podría pasar como meramente semántica, pero no lo es. Si bien la región presenta un bagaje cultural común (pocos lugares en el mundo se pueden jactar de tener tan vasta extensión geográfica y tan sólo dos idiomas –la Guayana Francesa por ser un enclave colonial será excluida del análisis), las diferencias sociales, políticas e históricas al interior de cada país son muchas. Sirve dividirla en dos grandes grupos: por un lado el “Cono Sur” (Chile, Argentina, Uruguay y Brasil); y por el otro, la “región andina” (Venezuela, Perú, Ecuador y Bolivia).

Seguiremos entonces a Marco Aurelio García (2008), quien afirma que para los primeros países citados se trata de una “época de cambios” y que los segundos atraviesan un “cambio de época” (citando a su vez al presidente ecuatoriano Rafael Correa). El orden de los factores en nuestro caso, sí afecta al producto.

La historia del Cono Sur puede trazarse en base a sus similitudes: tuvieron en los años ‘30s y ‘40s proyectos político-económicos del tipo “nacional-desarrollistas”; y gobiernos que fueron enajenados del poder por las Fuerzas Armadas (FFAA), quienes fueron los encargados de llevar a cabo una industrialización sustitutiva de importaciones. Es importante destacar que -si bien los que azotaron la región en ese entonces fueron todos gobiernos de facto al servicio del capital extranjero- encontramos una gran diferencia entre Brasil y el resto de los países. En Uruguay, Chile y Argentina “la política neoliberal, además de golpear estructuralmente a las clases trabajadoras, descansó en una cruel represión política a las organizaciones populares”. Sin embargo, en el único ex Imperio de la región[1], los militares profundizaron el modelo nacional-desarrollista que permitió “una expansión enorme de las capas trabajadoras que hizo que (…) surgiera un sindicalismo de tipo nuevo” (Torre). En esta línea nos resulta enriquecedor el aporte de Ricardo Romero al decir que en “pleno proceso de transición democrática, iniciado hacia 1978, por la creciente disconformidad social y la reorganización de las fuerzas políticas [es] destacable la formación de un poderoso movimiento obrero centrado en la ABC de San Pablo que delimitará las raíces del actual Partido dos Trabalhadores” (“Las cuatro estaciones del PT. Rol histórico del Partido dos Trabalhadores en Brasil”, 2006).

Sin embargo, la realidad en la región andina es bien distinta. Sus economías se basan en la exportación de bienes energéticos y recursos naturales, creando así una “clase dominante rentista y parasitaria” (Torre, 1998) y generando una brecha insoslayable en base al fuerte factor étnico. En la esfera política: exclusión total de las demandas populares.

Izquierdas, populismo o demagogia

Nos parece relevante traer a colación cuáles son los debates en el pensamiento político actual para denominar los gobiernos en América Latina luego del ajuste neoliberal generalizado en los ‘90.

El sociólogo español Ludolfo Paramio (“Giro a la izquierda y regreso del populismo”, 2006) adhiere a la teoría de “las dos izquierdas”. Una teoría, a nuestro entender, que peca de formalista, institucionalista y estructuralista. Esta visión plantea el auge en la región de dos tipos de izquierda: una “pragmática, moderna y sensata (Chile, Brasil y Uruguay) y otra demagógica, nacionalista y populista presente en Venezuela, Bolivia, Argentina y México”. Siguiendo esta lógica es que se nos presenta un desenlace tanto inevitable como indeseable gracias al populismo: “[Hugo] Chávez corre el riesgo de convertirse en un elemento desestabilizador que proyecte la polarización de la sociedad venezolana al resto de América Latina”, apunta Paramio. Quienes suscriben estas páginas conocen la falacia de tomar las partes por el todo; y también se esfuerzan por comprender el fenómeno complejo del “populismo” en esta nueva configuración histórica, sin tomarlo con el tono peyorativo que utiliza el antes citado.

Sin embargo, una teoría que podría responderle -particularmente en el punto sobre el líder- es la de Ernesto Laclau. En Bolivia, se cristalizaron en las protestas del 2000 al 2005, la emergencia de nuevos movimientos sociales que el M.A.S condensó (con Evo Morales como su cara visible), primero como movimiento social y luego como partido. El pensador afirma: “No es que el líder sea el origen del movimiento, sino que sin ese punto de aglutinación, el movimiento no podría forjar su unidad, se dispersaría entre los elementos que lo componen. Este es tanto más el caso cuando la fragmentación social es mayor, el proceso de des-institucionalización más avanzado.” (Laclau, 2006) Y en tal caso traemos a colación otro autor que lo respalda:

“por primera vez en la historia republicana, los indígenas votan masivamente por indígenas, lo que ha dado lugar a la consolidación de una estrategia de autorepresentación” (Ramírez Gallegos, 2006). Simultáneamente se pudo observar en toda la región una inclusión de actores cuyos reclamos fueron silenciados por años. En palabras del pensador argentino: “El resultado fue una proliferación de movimientos de protesta social, autonomizados del sistema político, que, sin embargo, presionaban sobre él para lograr el reconocimiento de sus demandas. Los ‘piqueteros’ en Argentina, los ‘sem terra’ en Brasil (…).” (Laclau, 2006).

Si se va a tildar al país andino con el carácter “demagógico, nacional y populista”, lo celebramos.

Como es sabido, tres de los cuatro países de la región andina plebiscitaron su constitución ya que las contradicciones al interior eran muy fuertes y las nuevas dinámicas (tanto a nivel regional como internacional) habían cambiado y debían adaptarse. Siguiendo a Álvaro García Linera en “Crisis estatal y época de revolución” (2008) “los dilemas que vive la región no son el resultado de visiones realistas, por un lado, contra posiciones ideológicas y voluntaristas, por otro. (…) Sencillamente, reflejan percepciones –y sobre todo intereses diferenciados.”

En el caso de la máxima potencia del Cono Sur (y dentro de este “giro a la izquierda” de la región) es interesante ver cómo políticas públicas desarrollistas se articulan con la ampliación de políticas sociales redistributivas. En este sentido, es rescatable el carácter fuertemente federal de la Constitución de 1988 de Brasil. Desde el arribo del PT a la presidencia con Lula da Silva en el 2003, se recogieron las demandas que se tradujeron en políticas públicas (“Bolsa Familia”, “Bolsa Escola” y “Fome zero”, por ejemplo). Tomando al teórico argentino: “ningún sistema político es estable si no ha logrado un cierto equilibrio entre las lógicas equivalenciales (la movilización autónoma de las masas y las lógicas diferenciales (la absorción institucional de las demandas).” (Laclau, 2006)

Argentina elige

A modo de conclusión nos gustaría hacer hincapié en el aspecto simbólico que esta época “populista” abrió (además del surgimiento de nuevos derechos económicos y sociales) y la nueva estabilidad en la correlación de fuerzas que se suscita en la región. Nos parece importante recuperar la repolitización luego de largos años de silencio forzado; la democratización de amplios sectores, comunidades e individuos con poderes reales de decisión; la nueva dimensión de la acción social de la mano de nuevos actores con nuevas voces; la reversión hacia un concepto viejo, aunque actualizado, del Estado como regulador.

Tal vez, tomando las palabras de Toer (2012), “no estamos tan sólo ante ‘un nuevo escenario’, sino quizás también ante la consolidación de un nuevo bloque histórico pos neoliberal sudamericano”. Y en esta línea nos preguntamos cuáles son las perspectivas en una región integrada desde hace años (recordamos que en las pasadas elecciones se votó por primera vez en Argentina diputados para el Parlasur). Si el candidato presidencial de Propuesta Republicana en Cambiemos, Mauricio Macri, no quiere seguir el “eje bolivariano” -como ha declarado-, ¿qué eje habrá de seguir la Argentina? ¿El eje merkelsoniano? ¿Es que Argentina tiene índices parecidos a los del Primer Mundo? ¿Acaso siquiera tiene los mismos problemas para emular las mismas soluciones?

Para concluir, adherimos al pensamiento de un hombre que forjó el terreno tanto teórico como práctico de la política a nivel regional y afirmamos la idea de García Linera de “apoyar lo más que se puede el despliegue de las capacidades organizativas autónomas de la sociedad (…). Ampliar la base obrera y la autonomía del mundo obrero, potenciar formas de economía comunitaria allá donde haya redes, articulaciones y proyectos más comunitaristas” (2007)

Abogamos por una comprensión integral de la región y su historia; y esperamos continuar con la construcción de una nueva hegemonía hacia su interior, que incluya y redistribuya aún más. Básicamente lo que se votará el próximo 22 de noviembre, además de dos modelos de construcción política distintos y proyecciones económicas disímiles, es si la Argentina va a continuar o va a desandar el camino de la última década respecto al Mercosur, la Unasur y la Celac.

Candela Villalonga Zalazar
ANALISTA DE CECREDA

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